Todo el que haya dedicado tiempo a leer alguna de las obras de Truman Capote, tiempo bien aprovechado por cierto, habrá descubierto una parte de sí mismo que desconocía. Aquella en la que la historia pasa a un segundo plano, dejando el papel protagonista a la estrella principal: la estética. En los libros de Capote todo elemento literario está puesto al servicio de una delicada estética, de un respeto casi idólatra por la belleza. Se trata de una belleza que surge hasta el hecho más luctuoso y repulsivo. Me estoy refiriendo a la novela documental “A sangre fría”. En ella, se relata la historia del terrible asesinato de una familia al completo. Lo Clutter, granjeros, son encontrados en su casa acribillados por disparos de escopeta.
Truman Capote se obsesionó sobremanera cuando conoció aquellos hechos, primero a través del periódico. Viajó hasta el lugar donde ocurrieron los crímenes, y lo que iba a ser un simple artículo de interés humano terminó siendo un proyecto que lo mantuvo absorbido durante cinco largos años. Todo ese desvelo fue de agradecer, porque ha dejado a la posteridad una novela salvajemente bella, detallista, pero capaz de reflejar de forma delicada y artística, unos hechos que en sí mismos causan repulsa y asco. Diría que puso toda su alma al escribirla, pero era un personaje tan frívolo que posiblemente me abofetearía si insinuara que era poseedor de algo tan inútil en el quehacer de un periodista.
Capote fue una rara avis, incluso en la extravagante sociedad neoyorkina... Podía resultar detestable en sus maneras, en sus opiniones o gustos. Pero no se le puede negar un mérito que superará siempre al mismo Capote: que fue uno de los mejores escritores del siglo XX.